Si solo tenés tiempo para una bebida en Treverete, esa es. Espresso real, leche bien texturizada, sin atajos. En una ciudad donde la mayoría de cafés sobreextrae el shot y subtextrura la leche, este es el pedido que te convence.
La vara no es alta en Bogotá. La mayoría de cafés — incluidas las cadenas que rodean el Edificio Bacatá — sacan espresso muy oscuro, amargo, con crema delgada y proporción muy lechosa. El resultado es algo entre leche caliente con cafeína y una taza de tristeza tibia.
Treverete no hace eso. Notas de varias visitas:
Sacado en el volumen correcto, no sobreextraído. Se puede saborear el grano — chocolate, ligera nuez, sin borde quemado. La crema es real. Lo que sea que estén usando, lo tratan con atención.
Acá es donde casi todos los lattes fallan. Buscás leche texturizada a microespuma de verdad — apretada, sedosa, brillante. La leche en Treverete está texturizada bien. La taza se pone como una sola textura continua.
Más cerca a un flat white que a un latte estilo Starbucks. Menos leche, más carácter del espresso. Probablemente la única cosa que hace memorable la bebida.
Caliente, no quemado. Lo podés tomar en treinta segundos. Suena básico; en realidad es raro.
Lo que yo evitaría: las bebidas con jarabes. Si querés caramel macchiato o vanilla latte, vas a estar más feliz en Juan Valdez. El shot acá está hecho para la bebida limpia.
No hay carta a la vista, pero los precios han sido consistentes entre visitas. El capuchino aparece en la carta de domicilios a $7.000, y el latte rondará lo mismo. Más caro que un OMA de esquina, más barato que un café de hotel. Vale la pena.
Entrá. Pedí un latte. Llevátelo a una mesa pequeña. Mirá el lobby del edificio más alto de Colombia. Es una de las mejores experiencias de quince minutos que podés tener en el centro de Bogotá por menos de diez mil pesos.